Autodidacta, de temperamento volitivo y talento artístico multifacético, Violeta Parra Sandoval nace en San Carlos, un pequeño pueblo agrícola del sur de Chile. Su infancia, marcada por la pobreza, transcurre entre la capital Santiago y las localidades del sur de Lautaro y Chillán, donde su padre, profesor de música, se ve obligado a mudarse en busca de un trabajo estable. En esos años es la madre, Doña Clarisa, de origen campesino, quien impone orden y autoridad entre los numerosos hijos de la pareja y sostiene a toda la familia con su trabajo como modista. La vida es dura, y mientras el hermano mayor y futuro poeta Nicanor Parra da clases particulares, los pequeños, liderados por Violeta, forman un grupo unido y ganan algunos pesos como lavaplatos o en el cementerio, limpiando las tumbas. Pero no pasa mucho tiempo antes de que la niña, al descubrir el escondite donde su madre guarda la guitarra, aprenda a tocarla. Tras la muerte del padre, el grupo de hermanos ya está listo para hacer productivo su repertorio musical. Violeta y su hermana Hilda comienzan a cantar en los trenes o en las plazas. Mientras Eduardo y Roberto, luego alcanzados por las chicas, trabajan en circos ambulantes que atravesaban el mundo rural. Hasta que un día, hacia los quince años, Violeta decide cambiar de vida. Deja la escuela y el trabajo y se dirige a la capital, donde su hermano mayor estudia. Lleva consigo la ropa que viste y la guitarra.
En 1934, la familia Parra se reunió en Santiago. Los cuatro hermanos cantaban en locales cerca de la estación de trenes. Interpretaban los géneros populares de la época: boleros, rancheras, corridos mexicanos y la famosa cueca chilena. En uno de estos locales, Violeta conoció a su futuro esposo, Luis Cereceda, padre de Isabel y Ángel, hijos y continuadores de la tradición artística materna.
Pero fue solo en 1952 cuando se produjo un cambio decisivo en su vida. Hasta ese momento, las actuaciones del dúo formado por Hilda y Violeta no diferían mucho de los espectáculos folclóricos de la época. Los repertorios y los disfraces idealizaban el mundo campesino, revistiéndolo con una capa romántica hecha de telas almidonadas y maquillajes sofisticados. La única diferencia residía en el timbre de voz de Violeta, tan fuera de los cánones habituales. Un tono agudo, rasposo, que se deslizaba fácilmente en el lamento. Una voz capaz de expresar momentos tiernos e irónicos, o incluso gritos desgarradores. El cambio coincide con el regreso de su hermano mayor desde Inglaterra, quien en ese tiempo investigaba la poesía popular chilena del siglo XIX. Fue Nicanor quien le presentó los géneros poéticos populares y la impulsó a buscar su propio camino, fuera de los senderos del folclore tradicional.
Violeta decidió entonces ponerse en camino. Armándose con cuadernos, plumas y una grabadora, sola o acompañada por sus hijos, recorrió el país en busca de las raíces musicales de su pueblo. Su objetivo era recopilar directamente de las voces de los viejos campesinos las innumerables canciones populares que estaban a punto de desaparecer de la memoria colectiva. Su trabajo fue una apasionada labor de investigación antropológica, durante la cual logró recuperar, con los años, las antiguas tradiciones de su tierra. Herencia que se convertiría en la esencia y materia de su devenir artístico y existencial.
Tras la disolución del dúo con Hilda, su repertorio sufrió cambios. Incorporó géneros musicales recién redescubiertos y comenzó a componer sus propias músicas y canciones. Temas como «La Jardinera», «Casamiento de Negros» o el vals «Qué pena siente el alma» la hicieron rápidamente famosa. Y cuanto más se adentraba en el largo viaje de redescubrimiento de sus raíces, más su aspecto exterior se volvía austero y esencial, como la tierra.
Delgada, vestida con sencillez, sin maquillaje, con sus largos cabellos cubriendo el rostro marcado por el sarampión, con la cabeza inclinada sobre la guitarra, Violeta canta sola. Y su palabra es como ella, directa y sin adornos: «Yo canto a la manera de Chillán / si tengo algo que decir / y no tomo la guitarra / para obtener aplausos / Yo canto la diferencia / que hay entre lo verdadero y lo falso / de lo contrario, no canto».
Más decidida y orgullosa que nunca de su obra, la artista comenzará al mismo tiempo lo que en su vida será una lucha sin tregua para obtener reconocimientos, apoyos y financiamiento. Tendrá que luchar contra los obstáculos creados por las burocracias, contra la insensibilidad de cierto público y de las instituciones competentes, contra la censura de quienes intentarán silenciarla o ignorarla. Su tenacidad la llevará, a lo largo de los años, a tocar muchas puertas, a enfrentarse con innumerables funcionarios y a sufrir numerosas derrotas que, de alguna manera, también terminarán por desgastarla.
Mientras tanto, se ha vinculado a la élite intelectual chilena. Pablo Neruda le dedica el poema «Elegía para cantar». Tiene conciertos en varias universidades y trabaja en la radio como divulgadora de música folclórica. En 1955 es galardonada como la mejor folclorista del año y es invitada a Varsovia al Festival de la Juventud.
El viaje a Europa marca una nueva etapa en la vida de su música. Después de Polonia, se traslada a París, donde empieza a trabajar en el local nocturno L’Escale. Sus nuevas amistades la introducen en el mundo cultural francés. Es en este ambiente donde conoce a Paul Rivet, antropólogo y director del Museo del Hombre, con quien grabará en la Fonoteca Nacional de la Sorbona músicas y canciones de su tierra, así como el disco Cantos del Chile, para la etiqueta Le Chant du Monde.
De regreso a Chile, se traslada a Concepción, un centro de gran movimiento socio-cultural, donde en 1957 es contratada por la universidad para realizar una investigación sobre las tradiciones musicales. En este período, Violeta se dedica con su habitual energía a componer melodías para guitarra y al proyecto, que verá la luz un año después, para la fundación del Museo Nacional de Arte Folklórico. De nuevo en Santiago, termina de escribir las Décimas Autobiográficas, un poema escrito en uno de los géneros poéticos más populares de la tradición oral hispanoamericana. Y, poco después, su eclecticismo la llevará hacia nuevos horizontes en el campo de las artes plásticas.
Durante los postreros de una hepatitis que en 1959 la obligó a permanecer en cama, Violeta comenzó a tejer tapices de yute, a pintar y posteriormente a hacer esculturas. En los tapices de lana de colores, la artista reproduce los mismos motivos recuperados de la tradición. «Los tapices son como canciones pintadas», dirá en una entrevista, «me esfuerzo por mostrar en los tapices la canción chilena, las leyendas, la vida de la gente». Ese mismo año participa en la Feria de las Artes Plásticas. Y en 1964 será la primera mujer latinoamericana en exponer en una muestra individual en el Museo de las Artes Decorativas de París.
Los años sesenta marcan una nueva etapa en la vida de la artista, que coincide con el encuentro artístico y afectivo con el musicólogo suizo Gilbert Favré, diecinueve años menor que ella. Comprometida en varias disciplinas artísticas, Violeta imparte cursos de folclore, cerámica y pintura tanto en Chile como en Argentina. En 1962, viaja a Helsinki junto a sus hijos, invitada al Festival de la Juventud. Tras finalizar la gira europea, Violeta se instala de nuevo en París en una pequeña habitación en el barrio latino. Por la noche, se presenta en los locales habituales. Durante el día, escribe, pinta y teje los tapices; luego sale en busca de galerías donde exhibir sus obras.
Mientras tanto, Gilbert la espera en su casa en Ginebra, donde Violeta irá junto a Isabel y Ángel. En Ginebra, los Parra organizan conciertos folclóricos. Pero poco después, la cantante volverá a París con el proyecto titánico de exhibir sus cuadros en el Departamento de Arte Decorativo del Louvre. Mientras trabaja sin descanso en esta nueva aventura, graba para Arion una serie de canciones con un fuerte contenido social, publicadas póstumamente en 1971. Participa en la fiesta de L’Humanité y escribe el libro Poésie populaire des Andes, que será publicado dos años después. En abril del 64, finalmente se inaugura su exposición individual. Y poco después de regresar a su país, vuelve a Suiza con Gilbert.
Mientras tanto, el panorama musical chileno está agitado. Nuevos movimientos están dando origen a lo que se llamará la Nueva Canción Chilena. Voces como la de Víctor Jara — fundador del grupo Quilapayún —, Rolando Alarcón, el dúo formado por Isabel y Ángel Parra, y sus repertorios de denuncia, ya están sacudiendo los viejos cánones de la música popular. Violeta decide regresar a Chile, es 1965.
En Santiago ya está en funcionamiento La Peña de los Parra, corazón palpitante del nuevo movimiento cultural. Es un lugar de reunión de artistas e intelectuales, pero también de gente común dispuesta a pasar largas veladas, entre guitarras, vino y empanadas, escuchando las nuevas voces del momento. Violeta se presentará junto a sus hijos y Gilbert, quien, perfeccionándose en la quena, la flauta andina, fundará poco después el grupo folclórico Los Jairas. Es en ese momento cuando comienza la gestación del último y titánico proyecto de la cantante: la creación, a las afueras de Santiago, de un gran Centro de Arte Popular capaz de acoger y difundir lo mejor del folclore latinoamericano.
Aguerrida como siempre, Violeta se sumerge en esta nueva empresa, poniendo todas sus fuerzas y sus precarias finanzas. Mientras tanto, participa en festivales, graba varios discos y se presenta en la radio y en la televisión. La gran carpa La Carpa de la Reina será inaugurada en diciembre de 1965. En el mismo mes, Gilbert parte definitivamente hacia Bolivia.
Pocos días después, Violeta sufre un colapso depresivo, del cual parece recuperarse rápidamente. Detrás de La Carpa ha construido su vivienda, un estudio de ladrillos crudos, con techo bajo y suelo de tierra apisonada. Sin embargo, el proyecto no logra despegar. El público es escaso y los costos demasiado altos. En junio, va a La Paz e invita a Gilbert y a otros grupos andinos a tocar en Santiago. Algunos meses después, Gilbert se casará con su joven novia boliviana.
La cantante continúa trabajando arduamente, componiendo nuevas canciones para el próximo LP. Poemas para cada estado emocional, relatos de amor, lucha, pérdidas, momentos irónicos y rabiosos: «Volver a los diecisiete», «Maldigo desde lo alto del cielo», «Mazúrquica Modérnica», y la inmortal «Gracias a la vida».
El 5 de febrero de 1967, sola en su estudio, Violeta se quita la vida. Su arduo trabajo da voz e identidad al pueblo chileno. Y, a través de intérpretes de la talla de Mercedes Sosa, Joan Baez y/o Inti Illimani; su presencia aún nos conmueve.
Traducido por Dafne Malvasi.